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El poder abasí llegó a su apogeo. Harún (Aaron el Justo, Califa de Bagdad en el 786 dC.) atacó repetidamente Asia Menor, pero siempre, al parecer, en respuesta de alguna agresión del Imperio Bizantino. Después de una de éstas agresiones, Harún escribió una famosa y breve réplica al emperador bizantino: “He recibido tu carta hijo de un infiel, y no oirás mi respuesta, la verás”. (El Cercano Oriente, Isaac Asimov).


martes, mayo 21, 2013

Guerra y civilización


Toynbee, Arnold J. Guerra y civilización. Alianza Editorial. Madrid, 1976.

Arnold Jospeh Toynbee (Londres, 1889-York, 1975), es considerado uno de los filósofos de la historia más influyentes del siglo XX, cuya trayectoria transcurrió durante el llamado período de entreguerras. 

En 1911  se licenció en Clásicas por la Universidad de Oxford, obteniendo ocho años más tarde una plaza de profesor asociado  en el Departamento de estudios griegos y bizantinos de la vecina Universidad de Londres. 

Reconocido erudito de la historia, lo cierto es que destacó también en otros campos, como la diplomacia, siendo uno de los legados de la comitiva británica en el Tratado de Versalles de 1919. Así mismo, en el año de 1924, asumió la dirección del Instituto de Relaciones Internacionales de Londres y también, de la Escuela de Economía de Londres. Desde 1937 y hasta el final de sus días fue un miembro distinguido de la Real Academia británica.

Su obra aborda diversos campos. Uno primero, que  se debe a su formación como historiador de la Antigüedad, con títulos como Civilización y carácter griego (1925) o la Civilización helénica (1959).  Un segundo, espiritual y religioso, por el que fue profundamente criticado[1]  y en el que se incluyen obras diversas como El Cristianismo entre las religiones del mundo (1958) o Cambios y costumbres (1962). Y uno tercero en el ámbito de la filosofía de la historia, que fue el que mayor fama le granjeó, con libros como Las nacionalidades y la guerra (1915), La civilización a prueba (1948) o El mundo y el Occidente (1952).

Guerra y civilización se encuentra en ésta última faceta del autor y llegó a España una veintena de años después de su publicación original. Entre sus páginas se configura la que fuera la principal tesis de su carrera: la teoría de la historia cíclica de las civilizaciones.

El londinense se obsesionó con el estudio de las civilizaciones, de las que creía el fundamento básico de las sociedades humanas[2].  Entendió que el éxito o fracaso de una civilización  dependía estrictamente de la capacidad creativa de su población para sobreponerse a un reto social o natural.  De esta manera, cuando las repuestas no estaban a la altura, la precipitación al abismo del conjunto era irrevocable. 

Lo que no gustó ni un ápice a sus coetáneos fue su crítica feroz hacía los nacionalismos, a los que consideraba un invento de los burgueses para coartar la población. Una coacción, que en muchos casos, como evidenció con la historia, era buscada por la propia élite gobernante, que prefería conservar el poder en el hundimiento en vez de perderlo o compartirlo en el progreso.

A continuación, algunas de las consideraciones más interesantes del autor sobre Guerra y civilización:

El militarismo
Toynbee se jacta de las virtudes militares. Loadas tan sólo por aquellos que no se han visto jamás involucrados en la guerra.  Considera que el militarismo no es más que una concreción de ese patriotismo aburguesado y de oropel[3]

El estado militarista
 Todas las potencias militares, por fuertes que sean, están destinadas a perecer por su propia naturaleza depredadora, que les incita a agotar todos sus recursos en campañas económicamente desastrosas y políticamente carentes de interés.  

La aflicción de Nínive: Carlomagno y Tamerlán
Dos paradigmas de reyes crueles y sanguinarios, que forjaron dos modelos de imperio con suerte bien distinta; pues el primero sobrevivió al óbito de su fundador mientras que el segundo se deshizo como un castillo de naipes. La diferencia se halla en que el  Imperio carolingio se unificó bajo un valor cohesionador, el cristianismo, mientras que el segundo se trató sólo de sangre y vísceras.

La embriaguez de la victoria
Constata como los mayores poderes de la Historia se vieron  precipitados al abismo cuando se hallaban en su zénit. Tal es el caso de Esparta, Asiria, España o  más recientemente el Imperio británico.

David contra Goliath
La idolatría de uno mismo y el menosprecio del rival provocan inevitablemente la catástrofe. Entre varios ejemplos, destaca la derrota de los macedonios contra los romanos en Cinocéfalos (197) y Pidna (168) o éstos contra los godos en Adrianópolis (378).

El fracaso del Redentor
 Los poderes que se erigen manu militari  acaban pereciendo también por la espada.


[1] Toynbee estaba firmemente convencido de que la religión debía de ser el elemento cohesionador de las civilizaciones. El cristianismo, asumía, era aquello que podía salvar literalmente a Occidente de su caída.
[2] Elevándola sobre otros artificios como la nación o la raza.
[3] Desde luego la historia le da la razón, porque en muy contadas ocasiones los poderosos han tomado las armas. Más bien  han ocupado un lugar en la trastienda mientras mandaban a los desposeídos a morir por la patria.

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